El deporte, según la SND: tragicomedia institucional con pretensiones olímpicas

 

La Resolución N° 538/2025 de la Secretaría Nacional de Deportes (SND), que pretendía hacer pasar arbitrariedades como actos administrativos legítimos, ha avanzado —no sin tropezones— hacia la instancia contenciosa administrativa. Porque cuando el absurdo institucional alcanza su punto máximo, no hay mejor escenario que los estrados judiciales para ponerle pausa al delirio.

Firmada por un funcionario cuya trayectoria se resume más en escándalos que en méritos, y refrendada por asesores que parecen haber obtenido sus títulos en promociones de supermercado, esta resolución logró lo impensable: evidenciar que la improvisación no solo reina, sino que se institucionaliza.

Mientras la Secretaría exige a las organizaciones deportivas legalidad, transparencia y rigor, su propia actuación se asemeja más a una obra de teatro aficionado que a una política pública seria. ¿Qué se puede esperar de quienes confunden procedimientos administrativos con caprichos personales?

El “Tigre” domesticado: cuando el rugido se convierte en susurro partidario

César “Tigre” Ramírez, actual titular de la SND, parece haber dejado atrás cualquier vestigio de ferocidad institucional. Su gestión no ruge, apenas repite. Convertido en títere de “Don” Camilo Pérez López Moreira, el “Tigre” firma resoluciones que le dictan desde comisiones y oficinas ajenas.

Su trayectoria política eclipsa cualquier mérito técnico. La SND exige legalidad pero opera con informalidad, fustiga el desorden pero lo encarna. Formalizar implicaría asumir controles, y eso —en esta jungla de intereses partidarios— simplemente incomoda.

Camilo Pérez: el hombre-orquesta del deporte paraguayo (aunque desafine en boxeo)

Camilo Pérez López Moreira preside el COP desde hace más de una década y ostenta una decena de cargos en organismos deportivos nacionales e internacionales. Un sistema solar institucional orbitando una sola figura. ¿Puede cumplir tantos roles? No necesita. Su oficio es figurar.

Y ahora, en su intento de “reordenar” el boxeo nacional, preside una comisión integrada por rostros ajenos a este deporte. Nadie los vio en un ring, en un gimnasio, ni siquiera en los torneos que le dan sentido. Su interés por el boxeo no nace de convicción sino de cálculo. Ya lo demostró entre 2007 y 2011, colocando a Carlos Blanco al frente de la FPB durante el periodo más escandaloso en términos financieros. Hoy lo intenta nuevamente, pero con más cargos, más aliados y más maquillaje institucional.

Camilo 2019: el ensayo general del control absoluto

Esto no es nuevo. En 2019, “Don” Camilo intentó apoderarse de la FPB utilizando como fachada a atletas informales para debilitar a la dirigencia legítima. Fue una maniobra burda y fallida. Hoy repite el guion con más poder, más respaldo oficial y menos pudor, pero sigue insistiendo y apostando a la informalidad porque en la informalidad, no hay control.

Su estrategia no cambió, solo se volvió más sofisticada. Lo que antes fue torpeza, hoy se llama “reordenamiento deportivo”, ejecutado desde comisiones que preside, integra y manipula a su conveniencia.

Los salvadores del boxeo que nunca pisaron un ring

Los miembros de esta nueva comisión —Juan Fernández, Guillermo Alonso, Bruno Zubizarreta, Ricardo Degheler y Raimundo Rolón— ¿Quiénes son? Ninguno tiene vínculo alguno con la comunidad boxística. No han entrenado, competido ni representado este deporte. Nadie los reconoce en las esquinas del ring.

La eliminación de la actual Federación Paraguaya de Boxeo (FPB) no es una reestructuración: es una amputación institucional. Desaparecen logros deportivos, clubes históricos y entrenadores que hicieron del boxeo paraguayo un modelo de sacrificio y resultados. En su lugar, una federación boutique, diseñada para controlar recursos, no para desarrollar el deporte.

Cuando el amiguismo no cruza fronteras

En Paraguay, el poder y la justicia suelen distribuirse entre amigos. Pero en los organismos internacionales, donde las resoluciones deben sustentarse en hechos y no en favores, el politiquismo no cotiza.

Si esta maniobra llega a espacios globales, será difícil justificar la exclusión de una federación legítima, activa y reconocida. Resolver el conflicto “en casa” es más que necesario: es una forma de evitar que la vergüenza institucional cruce fronteras. Y que la soberanía deportiva sea violada a plena vista.

Demagogia olímpica: un elefante blanco financiado por el pueblo

El COP promociona megaproyectos, eventos internacionales y discursos de modernización. Pero detrás de cada construcción monumental hay un elefante blanco que devora presupuestos sin devolver resultados. Tapar esos gastos requiere medallas inventadas, titulares amigables y promesas infladas.

El presidente de la República da su bendición. ¿Por convicción? Tal vez. ¿Por necesidad de justificar obras vacías? Más probable. Porque cuando los estadios se llenan de aire y los atletas entrenan sin apoyo, el discurso olímpico se convierte en cardio institucional.

Lo que termina de cerrar esta tragicomedia institucional es el nivel de amiguismo político y figuretismo desenfrenado, donde incluso el presidente apoya el proyecto olímpico del COP sin cuestionarlo, olvidando que las prioridades del país no se miden en megaproyectos ni en titulares internacionales. Se miden en escuelas que funcionan, centros de salud que atienden, transporte digno y obras que realmente cambian vidas. Sí, el deporte importa —y mucho—, pero antes de pavimentar el camino para los discursos, hay que poner en práctica el apoyo real al deportista y a sus organizaciones legítimas. De lo contrario, seguiremos vendiendo medallas mientras los atletas entrenan sin guantes, sin recursos y sin futuro.

Y como si todo esto fuera poco, Camilo Pérez asegura que el Centro Acuático estará disponible “para el público”. ¿Cuál público, exactamente? ¿El que aparece en selfies institucionales o el que entrena en piscinas con cloro prestado y sueños sin financiación? Porque si el acceso queda reservado para los nepobabies, los amigos del fin de semana y los atletas con padrino, entonces no estamos ante una obra inclusiva: estamos frente a un decorado institucional creado para alimentar egos, justificar millones y repartir sonrisas entre camaradas.

El deporte como botín, el atleta como excusa

La FPB ha logrado triunfos con presupuesto cero. Mientras tanto, estructuras millonarias gestionan medallas ficticias y conferencias vacías. Quienes deberían proteger el deporte afirman con cinismo que “la gente del boxeo no trabaja”.

Pero el atleta sí trabaja. El boxeo resiste. La comunidad pugilística, formada en gimnasios humildes y torneos sin flashes, no necesita salvadores de escritorio. Necesita respeto institucional.

Lo que está en juego no es solo una federación: es toda una memoria. Si dejamos que el boxeo sea reescrito por quienes jamás se calzaron un guante, lo perderemos en silencio. Y lo más grave: lo perderemos impunemente.

Reflexión final para quienes aman este deporte

Este artículo no busca contar un chisme político. Busca recordar que el boxeo paraguayo es más que una disciplina: es una forma de resistencia silenciosa, una herramienta de transformación en los barrios, una escuela sin aulas donde se aprende esfuerzo, respeto y dignidad.

A quienes aún creen que el deporte puede cambiar vidas —no desde los cargos, sino desde los rincones donde se entrena sin reflectores— este texto les pertenece. Porque el boxeo no es para figurar: es para formar. Y si la memoria institucional intenta borrarlo, será la comunidad boxística quien lo defienda, como siempre, con los puños cerrados… pero con la convicción abierta.

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